Israel Rey, ourensán que na actualidade permanece afincado en Madrid, achéganos unha historia que poderíamos considerar como exemplar da emigración galega. Soutomaior, na provincia de Pontevedra, conta cun porcentaxe altísimo de cociñeiros en Madrid. O pobo chegou a recoñecer tal actividade cunha estatua erixida ó gremio. Israel coméntanos esa historia da man de Carlos Porto, hosteleiro madrileño. Bo proveito.
Galicia ha sido y es un pueblo emigrante, no en vano, es uno de los atributos principales con los que se nos identifica en cualquier lado.Esa emigración ha seguido determinados parámetros en cuanto al destino y la profesión que desarrollaba el que dejaba su hogar.
Es famosa y objeto de recurrentes reportajes la historia de Avión en la comarca de O Ribeiro. Este municipio cuenta con el mayor número de emigrantes gallegos en México, que convierten a esta población orensana en un Beverly Hills gallego.
El caso de Soutomaior es curioso por el destino, la dedicación y el número.
Este pueblo pontevedrés, que el uno de enero del 2006 contaba con 6.110 habitantes censados, cuenta en la actualidad con uno de los mayores porcentajes respecto a población y camareros en la capital de España.
Los de Soutomaior que se dedican a la Hostelería en Madrid se acercan a la centena, lo que, teniendo en cuenta la población del pueblo, hace que sea una cifra abrumadora. Más aún si tenemos en cuenta los puestos que desempeñan alrededor de una veintena de ellos: jefes de cocina de algunos de los mejores restaurantes de la ciudad.
¿A qué se debe esta cifra tan aplastante? Carlos Porto, ahora dueño del restaurante L�abbraccio, tiene una teoría al respecto.
Antes de fraile fue cocinero, nunca mejor dicho, y cree que en Soutomaior, muchos optaron por la vía de la cocina porque había una preocupación principal: Comer.
�Lo que los padres querían en esa época no era que tuviéramos una carrera, ni nada parecido, querían que cogiéramos. Se creía que el delgado estaba enfermo, y lo que se valoraba era estar un poco gordo. Eso daba imagen de buena crianza. En la mili, que de lo malo malo comes tres veces al día, no recibíamos botas ni nada de eso, los paquetes de las familias eran con comida: chorizos, jamón, queso��
En aquella época, según cuenta Carlos Porto, que llegó a Madrid hace 36 años, para dedicarse a lo único que sabía hacer: cocinar, las opciones de aquella época era escasas, no se preguntaba a los niños que querían ser de mayores: curas, militares o cocineros. La decisión parecía fácil, y por eso muchos jóvenes optaron por la cocina como salida.
El motivo de que las mujeres no se inclinaran por esta salida laboral, se debe a REGOJO, una fábrica de camisas en la que se empleaban casi todas las chicas del pueblo, que, desde jóvenes, aprendían a coser. �Si llega a haber algún tipo de industria en Soutomaior, no seríamos cocineros�
Porto es de los pocos que ha conseguido hacerse dueño de un restaurante (en tiempos lo fue de una gran cadena de restaurantes italianos), y lamenta esta situación porque cree que sería beneficioso para el negocio. �Antes, el cocinero, estaba encerrado en la cocina, que se construía en algún hueco que quedara libre, lo importante era la sala. Ahora, los cocineros son el gancho de los restaurantes, y me parece bien. Antes el cocinero era un mal necesario�.
Hoy ya no hay tanta necesidad en Soutomaior y nadie quiere ser cocinero allí, pero ha sido la �industria� más importante para el pueblo, no en vano, el visitante de la villa pontevedresa, podrá contemplar, además de su maravilloso castillo, la estatua erigida a los camareros y cocineros.
Cabe preguntarse por el trasfondo de historias como éstas, y como, no hace tantos años, para muchos, poder comer era una prioridad, no una costumbre.
Para muchos será una señal de lo que han cambiado las cosas, para otros un ejemplo evidente del atraso secular gallego, pero para todos, la historia de los que llegaban con una mano delante y otra detrás a Madrid, para acabar figurando entre los grandes en su especialidad, debe ser un ejemplo
























